martes, 26 de mayo de 2015

El drama de Omar Sharif

Omar Sharif tiene 83 años y es quizás, el egipcio más universal, el eterno galán, la leyenda árabe de Hollywood que ganó la inmortalidad proyectada en el tecnicolor de ‘Lawrence de Arabia’ y ‘Doctor Zhivago’.“Mi padre tiene Alzheimer. Es difícil determinar en qué fase se encuentra”, dispara su único hijo, Tarek Sharif (58), al inicio de una larga y exclusiva conversación con el diario El Mundo de España. Es la primera vez que la familia de la estrella rompe su silencio y reconoce la desmemoria que desde hace algún tiempo aqueja a Omar.El primer encuentro para preparar este reportaje tiene lugar a finales del pasado diciembre. Tarek nos cita en un lujoso restaurante italiano que regenta en la capital egipcia. Su padre toma un refresco en la barra del local.Omar, vestido de riguroso negro, está sentado en uno de los taburetes. Sus dedos acarician una fotografía ajada. En la instantánea, en blanco y negro, un bebé posa junto a sus progenitores. Dice Tarek que es un viejo retrato familiar. “¿Quién es éste?”, pregunta el actor al barman señalando al pequeño. El camarero balbucea algunas palabras y trata de conducir la conversación hacia otros derroteros. Omar, sin embargo, siempre regresa a la instantánea y formula el mismo interrogante: “¿Quién es éste?”. En la distancia corta sorprenden sus ojos cansados; el blanco que ha teñido su cabellera; las arrugas que ha esculpido el tiempo; y su delgadez, que ha vuelto macilento el cotizado y cincelado rostro de la juventud.“Es evidente que nunca mejorará y que irá a peor. Tiene momentos del día en los que está mejor y otros en los que se halla extremadamente desconcertado”, confiesa Tarek Omar ocupa la charla, pero es el gran ausente. “Está viviendo en un hotel de El Gouna”, explica el empresario a modo de disculpa.El Gouna (La laguna, en árabe egipcio) es un complejo turístico construido en los 90 a orillas del mar Rojo, a unos 430 kilómetros de El Cairo. Un oasis para los egipcios pudientes que huyen del caos, ruido y contaminación de la capital y desean evitar las abarrotadas playas del Mediterráneo. Entre amantes de sol y playa, Omar Sharif cumple su rutina diaria. “Baja a desayunar y luego se sienta en la terraza. Cada noche visita el bar del hotel y escucha la música en directo. Está cómodo, aunque se siente muy inseguro cuando deja el hotel. A veces lo llevo a comer a mi restaurante en el pueblo y lo celebra diciendo que es maravilloso. Al día siguiente lo ha olvidado y se niega a salir de la habitación”, detalla su vástago.

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